Mi encuentro con Marina Abramović

Cuando me enteré de que Marina Abramović pisaba la Argentina en abril de 2015, enloquecí. No solo por el simple hecho de poder asistir a una de sus muestras, sino porque la fecha exacta de su exhibición estaba pautada para el 28 de abril -el día de mi cumpleaños-. Así que tenía un plan muy claro: Mi regalo sería asistir a su workshop, auspiciado y presentado por la Universidad de San Martin en el marco de la primera Bienal de Performance de Buenos Aires y al que asistieron 2500 personas en total.

Mi fascinación con Marina había crecido mucho antes de que se viralizara The Artist is Present (sobre todo el fragmento del reencuentro con Ulay, que pareció un fenómeno mucho más instagrameable que la experiencia en si misma). Estando en la universidad me obsesioné con los procesos de artistas como Ana Mendieta, Nan Goldin y la mismísima Abramović, cada una por ser pionera en lo suyo y demostrar que las barreras del arte -y del cuerpo- eran para ese momento, inagotables.

Después del revuelo que tuvo The Artist is Present, su repentina fusión artística con Lady Gaga y las pequeñas muestras de su nueva técnica performática, me imaginé que verla sería algo parecido a encontrarme con una celebridad rodeada de fanáticos enloquecidos en busca de la selfie perfecta o en todo caso, la conversión de la obra en un producto pop a ser vendido por el furor del social media, como pasó con Obsesión Infinita de Yayoi Kusama en el Malba (2013).

Quizás todo lo que estoy diciendo no viene al caso, pero lo que si tendría sentido es contarles lo que me pasó a mi dentro del Método de Marina Abramović. Me levanté a las 7am ese día y me tomé dos colectivos, el centro de arte donde se realizaba el taller estaba a dos horas de mi antigua casa y debía tomar previsiones porque sabía que me iba a encontrar con una fila de la puta madre (y así fue). Mientras esperaba en la fila kilométrica de gente ansiosa, le compré dos medialunas y una chocolatada a un vendedor ambulante, me senté en el piso a leer La Maquina de Follar de Bukowski y a esquivar el olor a porro y cigarrillo que me llegaban de todos lados. Después de dos horas de espera, comenzaron a dejarnos pasar. Al llegar mi turno las instrucciones fueron claras: No celulares, no cámaras fotográficas: Solo mi cuerpo vestido y unos aislantes de sonido para toda la jornada.

Nos hacían entrar a un galpón gris y solemne, más parecido a un centro de refugiados que a un centro de experimentación artística de la UNSAM, y nos soltaban como conejos en un campo abierto, sin instrucciones y sin mediar palabra alguna: La experiencia en sí la creaba uno, y con el pasar del tiempo era inevitable entrar al trance colectivo. Pero ¿cuál es la excusa de Abramović para viajar por el mundo presentando este “método”? Según ella, es simple: El poder aislarse del vértigo del cotidiano, permitiéndose segundos, minutos e incluso horas de silencio y de contacto con lo interior.

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Foto cortesía de la Bienal de Performance ’15

Lo primero que noté es que habían sillas por doquier, enfrentadas a las paredes y con carteles de colores que muchos contemplaban por varios minutos para luego seguir deambulando por el espacio sin poder escuchar absolutamente nada. Empecé a caminar como todos hasta que me di cuenta de que íbamos adoptando sin querer un mismo ritmo, ejecutando los mismos movimientos sin recibir instrucciones de nadie, excepto por algunos guías que nos invitaban a sentarnos, a cerrar los ojos, a respirar o a abrazar a otros participantes. De pronto nos encontrábamos caminando lentamente como parte de un acuerdo silencioso, sintiendo el contacto de cada parte de los pies con el piso frío y perdiendo el miedo a conectar con un perfecto desconocido: tocándolo, cruzándolo, mirándolo fijamente como contándole el secreto más preciado de todos.

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Imagen cortesía de la Bienal de Performance ’15

De la nada, Marina emergía como otra participante más, haciendo contacto físico con los presentes y dejando que la energía establecida en el momento se apoderada de ella. En un momento me cansé de caminar y, abrumada, sentí que era el momento de detenerme y cerrar los ojos. Me emocioné tanto que se me salieron las lagrimas, me parecía hermoso que todos pudiéramos compartir un sentimiento común, reconociéndonos; viajando fuera de la siempre caótica Buenos Aires para ir hacia el centro de nosotros mismos. Al abrir los ojos, Marina está frente a mi y me tocaba los hombros. Me quedé helada sin saber qué hacer, queriendo tocarla a ella también y agradecerle por todo lo que había creado en este momento. Me miró con sus ojos negros y voraces por algunos minutos, dibujo media sonrisa en su cara y siguió su recorrido. En ese instante me desplomé en el piso, dejando caer más lagrimas de tristeza, de emoción; de amor por el momento presente..

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Imagen cortesía de la Bienal de Performance ’15

La sensación era general. Muchos llorábamos, otros se abrazaban sin conocerse pero como queriéndose de toda la vida. Cuatro horas después, cuando sentí que estaba lista para salir, toqué su larga trenza desde una silla puesta en el centro del galpón, como despidiéndome y dando gracias de nuevo por permitirme algo que creía imposible: Volver a creer en el poder que tiene el arte de transformarme.

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Imagen cortesía de la Bienal de Performance ’15

Mi cumpleaños no pudo seguir transcurriendo de una manera normal y me pasé todo el día reflexionando sobre el poder del silencio y del contacto con el otro; de la vibración en colectivo. Ya de noche me detuve a pensar que la vida era demasiado corta para encerrarme en mi habitación con mi netflix, mi perro y dos trozos de pizza.

Gracias a Marina por despertarme de un letargo insoportable.

Y gracias por seguir creyendo en la experiencia del arte que no necesita de una red social para seguir consolidándose.

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