Artista del mes: Juana Gómez

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Textos por Juana Gómez

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Soy Juana Gómez, actualmente vivo en Santiago de Chile, pero pasé toda mi infancia y adolescencia frente al mar, en Viña, y en el extremo sur de Chile, en Punta Arenas. Cuando decidí estudiar arte supe que tendría que abandonar todo lo que había conocido hasta entonces, cambiar de lugar, alejarme de mi familia, y que lo más probable es que no volvería.

Sufrí mi paso por la escuela de arte. Tenía idealizada la carrera, sentía que no había donde agarrarse siendo que me consideraba buena para el dibujo, ya que la técnica no era importante. Ahora entiendo que mi educación previa estaba muy alejada del ejercicio de pensar, tener ideas propias y hacer el esfuerzo de unir conceptos. A pesar de ver ciertas luces dentro de la escuela, solo logré entender con el tiempo, ya que al finalizar mis estudios me alejé por años del mundo del arte. Ahora, casi diez años después, he retomado mis obsesiones y búsquedas, que siguen intactas, lo que me hace pensar que he sido sincera conmigo misma.

Lo que me hizo click en la universidad fue una clase de antropología en la cual el profesor nos dijo “esto es lo que sabemos hasta hoy, pero pueden dudar de todo lo que les diga”. Fue una liberación enorme, para mi significó dejar de creer y empezar a pensar y sacar mis propias conclusiones.

En la universidad me marcó mucho hacer grabado y serigrafía, ver como la imagen se repetía, como yo generaba una matriz cuya reproducción generaba un patrón, construyendo algo más grande. Desde ahí comenzó mi investigación y se ha mantenido siempre esta obsesión por repetir, el ritmo que implica, los hábitos, patrones y estructuras que genera.

Por años fui muy influenciada por la geometría. Trabajé el patrón desde lo ortogonal, la retícula y los ángulos perfectamente rectos. Después de salir de la escuela tuve una crisis en relación a como abordaba visualmente mi trabajo. Años después, habiendo abandonado el arte para dedicarme a la programación y al diseño, fascinada por la lógica de lo digital, la web y sus estructuras, estaba echada bajo un árbol, observando sus ramas, y sentí el rebrote de la fascinación. Investigando esa forma ubicua –la del árbol, sus ramas y raíces– hallé un fenómeno que se puede ver tanto en el mundo orgánico como en las redes sociales y en la subestructura de la web, un “comportamiento orgánico” que determina la manera en que las cosas crecen y se ramifican. En las redes sociales está determinado por la interacción del usuario con el contenido, lo que gatilla el comportamiento de un algoritmo que replica ese contenido y lo vuelve más visible, al hacerlo más visible más usuarios lo ven y comparten, fortaleciendo el “tronco” y las “ramas” y creando el patrón clásico del árbol.

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Ese patrón es inherente tanto ser humano como al resto de los reinos de la vida en este planeta, e incluso en fenómenos inorgánicos como la propagación de electricidad en el rayo, el curso de los ríos, la filigrana de galaxias y materia oscura de las mayores estructuras de nuestro universo. Este patrón nos inunda, forma y determina nuestro comportamiento (por ejemplo, a través del flujo vehicular de una ciudad).

De esto nació mi serie Constructual, en la que trabajo actualmente, como un estudio sobre la manera en que estamos constituidos por dentro. El nombre remite a las ideas de la teoría constructal desarrollada por Adrian Bejan a finales de los 90.

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Comencé bordando órganos, pero sentía que les faltaba un contexto, por lo que empecé a trabajar con autorretratos. Enfrentar mi propia imagen fue duro, ha sido un proceso de acostumbramiento y aceptación, y una forma de conocerse a medida que bordo los órganos encima mío, lo que me hace reflexionar sobre el tiempo, la muerte y la fragilidad, lo efímeros que somos.

La técnica del bordado surge para darle tacto y volumen a los trazos que generaba con el lápiz. Creo que al bordar uno literalmente carga la imagen, no solo materialmente sino también simbólicamente. Al empezar a bordar me consciente de mi herencia cultural y genética, ya que en mi familia siempre se ha bordado. También siento que regresé al punto de partida de mi interés por el arte, por la repetición de pequeños módulos que solos no son de gran valor, pero que juntos armonizan para crear algo mayor.

Mi taller es ambulante. Bordo en todas partes. Lo acarreo conmigo donde sea que voy. Este año viajé a Europa y tuve que encontrar formas de subir las agujas al avión, para que no me las quitaran en los controles de seguridad.  Las escondí en un prendedor, las puse dentro de la tinta de un lápiz, parecía una contrabandista.

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