2 – Laberinto Brutalista

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Hay ciudades (y ciudadanos) que viven de su nostalgia.

Tengo un laberinto personal en mi ciudad. Cuanto entro me pierdo. Soy solo ojos y me vuelvo el resultado perfecto de este gran estímulo brutalista. Recuerdo de donde soy por sus enormes vidrios, y me pasa que esta estructura es tan grande que casi siempre me deja sin aliento.

No todo es tan gris aquí, tiene zonas verdes de puro ensueño moderno, pero ni los pájaros más citadinos se acercan, pues es demasiado cemento para ellos. Sin embargo yo me siento como en casa.

Los vidrios y espejos se encienden durante el día y con el brillo del sol sobre ellos puedes adivinar la hora, sus pasillos son infinitos y la luz es tan escasa que casi siempre se me cae el laberinto encima.

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Estoy en la ciudad brutalista de antes. Esto me pone los pelos de punta. Las tiendas se quedaron iguales, y puedo hasta sentir los modismos del siglo XX caminando conmigo. No estoy sola. Pero ya casi es miseria, pero es mentira porque todavía guarda mucho de la época dorada. Y por eso todavía no me voy.

Aquí no hay sonidos orgánicos, los latidos de este gran músculo suenan a punta de puro motor de aire acondicionado y unos trompetistas de paso que en estos pasillos encuentran la acústica perfecta para sus ensayos.

Desde todas las esquinas se percibe tanto vidrio que desde cualquier lado se refleja todo. Es lo más cercano a tener el sol de inquilino.

Al terminar las horas ejecutivas los pasillos están tan solos que por estos minutos, solo  yo tengo acceso. Todo este concreto es mío. Hay tanta gente viviendo aquí que no se escucha ni un alma, solo pájaros presos.

Me sumerjo en los pasillos hechos ruina y me cebo de miseria.

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