Zona de Contacto: Ludwing Carreño Celis

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El otoño en Barcelona es hermoso: las hojas caen a una velocidad que sólo se acelera con las ráfagas de viento frío que te secan la nariz y te hacen considerar dejar de fumar tan sólo por evitar tener que estar fuera de los locales y que te coja un ventarrón lleno de polvo, pero las tardes siguen siendo ideales para un café, un té o hasta adelantarse al invierno y empezar a considerar el chocolate caliente. Esta vez decidí que nos citáramos para comer, en un restaurante vietnamita que yo y todos los barceloneses adoramos, sobretodo por sus rollitos de verano. Tuve la suerte de conseguir una de las tres mesas que tienen en la terraza, y me dispuse a esperar a que Ludwing (Lucas) llegara. Al pasar quince minutos llegó, con su delgadez extrema, su ropa de buscar trabajo, su cabello alborotado y una de sus frases de siempre para saludar: “Mi amor, pero qué bello bronceado tienes”, haciendo mofa de mi piel pálida a tan sólo dos meses del ocaso del verano.

Ludwing Carreño Celis (Bogotá D.C) es hijo de un educador santanderiano y una auxiliar de sistemas, de autodidactas, hombres y mujeres que se formaron a través de la lectura de diarios, libros y cualquier fuente que les alimentara no sólo las ansias de conocimiento sino la necesidad de educar. “Mi formación es un poco extraña porque estuve un poco perdido queriendo emular los pasos de mi papá, quería ser educador. A diferencia de mis tíos paternos, mi padre sí quiso crecer más allá de lo que Santander ofrecía y decidió mudarse a Bogotá y oficializar sus estudios en la Universidad Nacional”. Lucas vivió aquella circunstancia de la adolescencia que todos recordamos como el momento de tomar decisiones, de sucumbir ante la presión del qué estudiar y el rumbo que ha de tomar nuestra vida, siempre bajo la imagen de su padre, un hombre que describe como “tranquilo, capaz y serio. Yo creo que la tranquilidad es la verdadera felicidad, pero mi genio no me lo permitió”. Estudió tres semestres de Ciencias Políticas e Historia, porque quería ser educador, buscando la tranquilidad de sus padres que quizá, para él, siempre lo vieron como abogado, haciendo eco de esa idiosincrasia colombiana donde “todos son abogados o médicos”. Pero él siempre fue la oveja negra, además que la situación económica y política del país no se mostraba gentil ante quien quería laborar en el sector público y más como educador, pues comenzaron los recortes y se comenzaron a eliminar las bondades y beneficios que poseía el educador, aún cuando su finalidad era “la labor digna de formar al futuro ciudadano. Me dije que sin dinero no habría tranquilidad”. A sus escasos 18 años ya Ludwing se preocupaba por el dinero y por el cómo sobrevivir en el sistema capitalista heredado y autoimpuesto de la sociedad Bogotana que padece del modelo americano del ser y el poseer, donde la identidad se ve delimitada por el barrio donde vives, la ropa que llevas y las adquisiciones materiales. “No eres lo que haces, porque tu puedes ser un mediocre siempre. Esta sociedad aplaude toda la mediocridad posible. Mientras más puedas estimular la mediocridad más fácil será controlar el conglomerado, pero cuando hay alguien que sale de ese tiesto, para mal o para bien, no, mira, me estás revolviendo la peña y yo quiero el corralito controlado, un control que es una ficción, un arma contraproducente”.

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Poco a poco se vio interesado en lo que sucedía más allá del cordón de seguridad de la urbe donde se desenvolvía, dándose cuenta de la cantidad de historias que pedían a gritos ser contadas, por lo que comenzó a hacer documentales de las zonas agraviadas. “Era terrible, a las seis de la tarde ya te decían ‘Ludwing tienes que meterte ya en un taxi e irte de aquí porque ya comienza el toque de queda’”. Esos tugurios que parecían sacados de la ficción de Tatooine y que cuando necesitaban votos “repartían tamales”; así describe mi interlocutor el olvido y la obviedad de las realidades marginadas que no son caso único de Bogotá, sino que hemos visto repetidas veces en las realidades simultáneas latinoamericanas. “Eso es folclor, pero le llaman política. Ese es nuestro folclor, es la realidad que a los colombianos nos da vergüenza admitir y por la que decidimos irnos…”. A través de su primera incursión audiovisual, Carreño decide retirarse de sus estudios para mudarse a la Facultad de Cine y Televisión que quedaba en frente a su antigua escuela. Era una institución nueva, fundada por unos cubanos, asociada a la Universidad Nacional y que querían hacer privada con un tratado con la San Antonio de los Baños (Fundada por Gabriel García Márquez, respaldada por el gobierno cubano).

De tanta cultura basura, cine, televisión y música, Ludwing decidió reciclar todo su bagaje cultural a través de un medio que le aportara los códigos y el lenguaje a nivel de masas, “información de dudosa utilidad” como le llama. Aprendió que su sociedad funciona como una aldea, aprendió a rebasar sus límites mentales y a reutilizar la ironía como canal idiosincrático que permitiera alcanzar el “brillo de más allá, para salir de la burbuja”. Así pues, su trabajo siempre fue “freelance”, muy parecido a aquél educador autodidacta que admiraba en su infancia, y poco a poco el hacer fue forjando las creencias y las ideas, entendiendo el arte (tanto en su música como en sus vídeos) como un pulso natural y vívido que no necesitaba de la academia. “¿Cuándo has visto tú a un Tarantino graduándose en UCLA o en Berkeley?”. La imposición es inversamente proporcional al proceso creativo de acuerdo a Carreño, “quiero que mis ideas crezcan como una mata, como mi hijo bobo” (Carcajadas).

Tras problemas con la oficialidad y bajo la presión familiar y social de la urgencia de un título universitario (“el cartoncito”), comienza a estudiar en la Universidad José Tadeo Lozano, Realización Audiovisual y así ingresar al medio de la televisión y decirle a alguien “mire, con este cartón voy a poder meter un trozo de la vida en 24 frames”. Tras graduarse con honores (Premio José Tadeo Lozano), como era su compromiso con su familia, se incorporó a un equipo de trabajo dentro de CityTV que se llamaba La City Cápsula, que aún tiene la potencia de ser la vida “metida en la caja boba”, donde se clasificaba toda la información chatarra y aleatoria en un discurso barroquista de trivialidades, “era el PhD para ser montajista, tenías que ir hilando toda la información sin pies ni cabeza en un discurso donde todas las pavadas que escuchabas te transformaban en un equipo de psicópatas audiovisuales, casi una logia”. Con ese equipo logró crear una compañía y luego una productora, hasta una película que, dice, les fue terrible. “Gastamos todo, es lo que llama Scorsese ‘el cinema kamikaze(1)’, donde vaciamos todo, sin pensarlo, sin mente, como las barbies. Nos estrellamos, nos dimos cuenta que después de rodar tenías que distribuir, saber exponerla y moverla. La demencia se nos fue en el coito, pero olvidamos criar al bebé”. Tras esas frustraciones, Ludwing decidió seguir estudiando “antes de llegar al hartazgo”, definiendo que lo suyo era contar, “lo que me interesa es narrar”. Llegó a la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya) que le había llamado la atención no sólo por ser “otra logia” sino por su nivel y profesionalidad que les permitía competir a nivel internacional con producciones de ligas mayores, aprendiendo lo que le había faltado en su primera incursión en el cine. “Aprendí que si sabes el cómo (el cómo se cuenta), lo demás no importa”.

Infiriendo en la contradicción del rechazo a las imposiciones y la vuelta a la academia, no pude resistirme en preguntarle si para contar historias realmente hacía falta estudiar, a lo que me respondió tras una breve pausa que sí, “Pero no hay que confundir estudiar con la academia, me refiero a estudio cuando comienzas a hacer. Cuando comienzas a escribir nadie te dice que tras nueve años lectivos, ¡aprendiste a escribir!; aprendes sentándote, aprendiendo oximorones. Para mí es la cámara, aunque no pienso tanto en eso, Scorsese también dice que el cine es lo que sucede dentro del frame y fuera de él, tu estás dirigiendo la vida. El cine es como las otras artes: mímesis, a pesar de la antigüedad de la literatura, todo es imitación, con la escultura imitas el cuerpo, con el performance las situaciones, todo es simulación, pero todo merece un remix. Sólo tienes que saber cómo. La gente siempre piensa en qué vas a hacer, cuando deberían preguntarse el cómo. Uno siempre le pregunta a los niños ‘¿qué vas a hacer cuando seas grande?’ Bombero, ah, bueno, pero ¿Cómo? ¿Cómo vas a hacerlo? Es jodido, pero precisamente porque siempre estamos aplaudiendo la mediocridad”.

Tras egresar de la ESCAC, le ofrecieron una maestría en Madrid en Cine, Televisión y Medios Interactivos, donde ingresó con la ilusión de seguir haciendo con las manos, para llevarse la fría decepción de que lo incrustarían en una silla, dentro de un salón de clases donde “el profesor te está leyendo las diapositivas y piensas ¿qué me está contando este hombre? Me está leyendo diapositivas y le están pagando por eso”. Ludwing cayó en el engaño en el que caemos todos los latinoamericanos al dejarnos seducir por el modelo de “oficialidad” de los títulos universitarios españoles, donde te aseguran que tendrá el mismo valor tanto en territorio peninsular como en el resto de la comunidad europea, haciendo de nuevo que nos volvamos adeptos al sistema de reconocimiento profesional que demanda cada vez más que inviertas en él para retribuirte un desempleo inminente o la carrera paralela e indiscriminada de la restauración y del trabajo nocturno. Pero la experiencia en Madrid no fue sólo pérdida, también conoció profesores que estimularon su inquietud dormida en contar situaciones cotidianas que aunque se vean todos los días ya han hecho “callo” en la sociedad, que ya pasan desapercibidas ante la repetición del escenario y que olvidamos su potencial circunstancial, como dos personas que se comienzan a hablar en el metro, de la nada, o las personas durmiendo en los cajeros de un banco que te sorprende el primer día y ya luego te parece normal, “o alguien que va a entrar al piso del vecino, tiene tres años viviendo ahí y no ha conocido el piso del vecino, ¡Pero nadie lo ve especial! Porque ya ha hecho callo, te has ido insensibilizando del todo”.

Ludwing cuestiona ese pulso imperioso de siempre querer ver más allá, porque el más allá siempre ha parecido más importante, más grande y más potente que el aquí y el ahora. Vuelve a la cotidianidad para pulir las realidades más humanas y más palpables que se han metamorfoseado con la digitalidad y la velocidad de la comunicación o la caducidad programada de la vida. “La gente sigue gastando millones en la historia de los narcos, pero ¿por qué no se han preguntado por las circunstancias que llevan a alguien a buscar dinero a cualquier costo y le lleva hasta transformarse en un malandro?¿Por qué crees que Breaking Bad dio tanta mella? Porque uno dice ‘¡Mierda! ¡Aquí veo el cómo!’ Y lo peor es que te identificas con el personaje que no es un individuo para aplaudir, en ningún aspecto, pero hay un punto inconsciente que te dice que sí, porque esos son los tiempos del anti-héroe, porque desde que salió la historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde nació el arquetipo del anti-héroe moderno, ver a un tipo que hace el bien y hace el mal, y ver cómo hace para redimirse. Eso no es Prometeo Encadenado, no es un tipo que le robó el fuego a los Dioses y ya, no, es un tipo que hizo el mal y ver ahora cómo hace para redimirse. ¿Cómo haces? ¿Cómo lo cuentas? ¿Cuánto tiempo tenemos? ¿Noventa minutos? ¿Ciento veinte? ¿Una serie? ¿Quién te la financia? El cine es de psicópatas”.

El giro fundamental en el método de Carreño fue la transformación desde la vehemencia de que el documental era la vía para relatar la verdad, al descubrimiento de su naturaleza ficcional. “Eso es una mentira, el documental es una ficción. Siempre va a estar direccionado por algo, siempre hay algo interviniendo, un interés. Una intervención de la mente de quien la está mostrando. ¿Cómo quieres mandar el discurso? ¿Qué empatía quieres generar? Sólo empujas las situaciones, las resaltas. Ahí fue cuando dije ‘A la mierda la realidad, yo elijo la ficción’. Yo prefiero elegir la ficción para contar verdades que tener que manipular la verdad que la gente considera real para facilitar sus mentiras. Los noticieros, por ejemplo”. Me refiere a su delicadeza para manejar el documental y para abordarlo, la puntualidad con la que se debe conducir y la capacidad de sugestionar los hechos que el público va a dar por sentados. “Mira por ejemplo el caso de Bowling for Columbine, toda la gente se maravilló porque les estaban diciendo las verdades, pero a la hora del té ¿qué es lo que ves? ¡Que es pura propaganda demócrata! Que no quieren más a los Republicanos ahí en el poder. ¿Qué vino después? Obama. Vino una ola demócrata que se posicionó y demonizó a los Republicanos. Los dos extremos siempre van a tener que juntarse en alguna parte del plano cartesiano, es así, es pura matemática”.

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Fue en la ESCAC cuando Carreño se apropió de su realidad para narrar sus historias, aplaudiendo el mérito que tiene un director para narrar una circunstancia que le es cercana, a la que ha pertenecido y de la que mejor puede hablar pues la conoce por experiencia. “Yo no podría hacerte una historia de mafiosos italoamericanos, porque yo soy colombiano. Yo soy un sudaca nacido en 1983, el año del Nintendo, comida chatarra, MTV, ¿qué se yo?. Yo podría hablarte de cosas que me han pasado, de cosas que visto en la gente. Sobre la doble moral de la apariencia. La gente suele decir que la apariencia no importa, que lo que importa es lo de adentro, pero no, yo te digo que la apariencia no lo es todo, ¡es lo único! Ese es sólo el comienzo. De ahí abres la puerta y ves el contexto, pero la apariencia es lo único, es lo que nos ha enseñado esta sociedad y no sólo la occidental sino la oriental también, sino mira las castas en la India. Lo que palpamos es la superficie, luego hay algo que se llama voluntad, pero es lógico. Lo que pasa es que hay que trabajar en ello, en destruir ese imaginario, aunque yo prefiero la palabra ‘corregir’, no con forma temeraria ni amenazante, sino aprender a corregir el lenguaje, aprender que un estado es un estado social de derecho y no un negocio de un partido político, que cuando tus dirigentes ven a tu país como un negocio ahí la cagamos madre, la cagamos”.

Su segundo cortometraje fue sobre inmigrantes que buscaban mejorar sus condiciones en un futuro, pero a medida que la historia se desarrolla se dan cuenta que esa no es la manera, como lo dice el propio Ludwing “si se sienten vacíos es porque el corazón lo han dejado en otra parte, porque la felicidad realmente está en donde queda el corazón. Yo quería hablar de eso, de qué tanto se sacrifica por estar en un sitio tranquilo, donde no me van a matar ni a robar, donde puedo hacer un montón de cosas, pero qué tanto has sacrificado”. Carreño se maneja en los lenguajes, tanto verbales como cinematográficos, de la misma manera en la que se maneja en su día a día, con una espiritualidad latente, “aunque yo no soy cristiano, creo que Jesucristo era un tipo súper chévere, un hippie bacanísimo”, pero muy próximo a la realidad del imaginario católico que nos ha vendido el modelo del sacrificio y que él mismo considera “contraproducente para la sociedad”. “Yo no creo en el sacrificio, creo en el trabajo, en la disciplina, pero eso no tiene que significar un sacrificio. Creo en el rigor, o en lo que dice Picasso sobre su musa: levantarse a las seis de la mañana, ponerme a trabajar, parar a comer, seguir trabajando y continuar hasta que caiga el sol(2). Esa es la musa, trabajar, la musa no implica un sacrificio. Yo estoy lejos de mi gente, pero no puedo ponerme la ropa de víctima, no es algo que le desearía a mis hijos, el estar lejos de alguien a quien amas, pero Godard también dice que de la alegría no salen buenas historias”.

Irónicamente, cuando Carreño comienza a trabajar con la ficción, las circunstancias de vida le urgen trabajar con el formato documental, pues vivir en Barcelona, una ciudad de músicos, de creativos, una ciudad que emana arte y transpira creatividad, resultaba el escenario para una torre de babel acompasada donde “veías a un chileno, a un colombiano, a éste que viene de Almería, a un Alemán tocando saxofón y haciendo solos de cumbia, ¿Dónde ves eso? Pues acá en Barcelona, como si fuera una ciudad de Italo Calvino(3), de intercambio, de trueque, donde convergen muchas cosas. Es una ciudad donde pasan cosas potentísimas, pero los tiempos están muy berracos, no han dejado que cuajen, por el dinero, por el tiempo, por el afán de llegar a los treinta y decir ‘Yo no he hecho nada’ ¡pero Kant escribió Crítica de la Razón Pura a los cincuenta y siete! Es un empeño en decir que se te hizo tarde a los treinta, pero ¿tarde para qué? Yo no sé a quién echarle la culpa de eso, pero sí conozco cómo corregirlo. Yo soy muy pragmático, las cosas para lo que sirven”.

Finalmente cuando le pregunto ¿para qué le ha servido estar en Barcelona? Me responde con esa serenidad de abuelo que parece emanarle como miel de la garganta:

“Me ha servido para abrir cabeza, para mirar al pasado con mucho detenimiento, porque uno es una reunión de muchas experiencias, de muchas personas, de muchos corazones que lo conforman a uno, desde el vecino que pasaste de su culo aunque siempre te saludaba, siempre te daba un ímpetu de hacer algo, ese vecino que nunca saludaste, Yiyi, allá en Mérida, ese será algún día uno de tus personajes. Eso mismo me pasa a mí, que comienzo a agarrar cada detalle del pasado, que hay que tenerlo así, enmarcado, pero no hay que acariciarlo mucho, porque es contraproducente”.

Nada de esto se podría haber dicho mejor. Para ver el trabajo de este potente latinoamericano, por favor síganlo en sus redes:

www.youtube.com/user/Sonoralia

www.flickr.com/photos/elsagradolucas/

vimeo.com/79094161

soundcloud.com/aluna-ashaa

1 La cita original de Scorsese reza: “Yo puse en ‘Toro salvaje’ todo lo que sabía, todo lo que sentía, y pensé que eso sería el final de mi carrera. Es lo que se llama un film kamikaze: se pone todo dentro, se olvida todo y después se intenta encontrar otra manera de vivir”.

2 “No creo en las musas…, pero si llegan que me pillen trabajando”.

Hace referencia a la ciudad Cloe, La ciudades y los intercambios, Las ciudades invisibles de Italo Calvino

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