1- Mañanas y aceras

Desde hace un mes dejé de tomar el subterráneo de mi ciudad. Quería descansar un poco la vista y llenarme de paisajes que no estuviesen compuestos principalmente por siluetas y cuerpos humanos. Empecé a tomar bus para trasladarme casa-trabajo y empezó mi recorrido contemplativo a lo que tanto me fascina y que muchas veces, con un desenfreno inmenso, no he podido describir: La ciudad.

Es la maravilla de tener ventanas y observar a través del vidrio y pasar por tantas personas que juro conectarme con cada una de ellas mientras voy llegando a mi destino. Mis primeros minutos consisten en observar el escaso verdor de la ciudad, el sol que atraviesa la danza que hacen las hojas con el viento, mientras su luz llega fragmentada como pedacitos de escarcha.

Las hojas se siguen ruborizando con el sol, pero de repente salen edificios, cubiertos por ladrillos (material que visualmente me fascina), pero son tantos y se parecen tanto entre ellos que el paisaje parece un bloque enorme donde no puedo localizar balcones.

El bus se sigue moviendo pero no le presto atención, lo mío en este momento es observar los balcones de las nuevas cuadras que se avecinan, meterme en cada uno de ellos y averiguarle la decoración a la gente, pero como la ciudad siempre trae más, también llegan sus colores, que son espléndidos: Marrones, grises, rosados, verdes, naranjas y el azul continental del cielo. El sol pícaro de la mañana se me posa en la cara y todo brilla.

El dinamismo citadino es magnífico. Gente de aquí para allá, realizando un centenar de acciones que concluyen en la bulla de las conversaciones, soundtrack predeterminado de todas las escenas de mi vida. Empiezan a sonar tazas chocando y platos colocados en la mesa: Aquí la gente está desayunando y lo único que veo son las bocas masticando y el humo del café con leche por la mañana. Yo me preocupo porque todo me quepa en la vista  y se almacene en mi memoria, para luego recordar y poder explicar por qué me gustas tanto, ciudad.