La fotografía y lo sagrado del encuentro, una conversación con Lula Bauer

A Lula Bauer se le ve entrar – casi como parte de un acto religioso – todos los jueves a la misma hora a Santa, el espacio que conformó hace poco más de dos años en El Patio del Liceo (Buenos Aires, Argentina) con tres chicas más y que nació de las ganas de convertir el trabajo del fotógrafo en algo menos solitario, además del deseo por juntarse con amigos a través del arte. Santa es hoy, además de una galería poco convencional, un lugar que funciona como oficina – taller – templo y lleva consigo la misma filosofía que guardan Lula Bauer y sus otras tres esquinas (Euge Kais, Iara Kramer y Lucia Galli), filosofía que para mí se concibe desde el amor y lo sagrado del encuentro; desde procesos que van y vienen fuera de rígidos contenedores que estipulan cómo deberían ser las cosas o no.

Una chica muy delgada que parece danzar de un lado a otro mientras camina: Bauer invita siempre té caliente y galletitas dulces bien sea para dar inicio a una de sus clases de retrato en Santa o para charlar como lo hicimos hace días en su living. La primera vez que me enfrenté a sus fotos fue por recomendación de un amigo en común que me contó que Lula era muy conocida dentro del circuito musical under de Buenos Aires y que había hecho varias tapas de discos así como sesiones para prensa y registros de conciertos (más tarde llegaron a mi nombres como Alvy Singer, Tomi Lebrero, Lucio Mantel y Las Taradas). Sus fotos han sido publicadas en Rolling Stone Argentina y diarios como Página 12, Clarín y otros. Sin embargo, en medio de la curiosidad por saber quién era esta chica y qué estaba haciendo, me topé con otra realidad, una mucho más íntima y poderosa que me hirió sin remedio y poco tenía que ver con instrumentos musicales.

Supe entonces que tenía una larga lista de preguntas por hacer, preguntas que no tuvieron (ni han tenido) respuesta en un solo encuentro y que forjaron conversaciones largas sobre quién es Lula Bauer, cómo ve y cómo se siente después de haber visto.

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Entre el vapor del té de manzanilla y las miradas celosas de su gata desde el sofá, le pido a Lula que me cuente cosas que ya me ha dicho antes solo para ver si la historia tiene otro matiz cuando se narra desde el rincón más íntimo, que es el de su propia casa. Hablamos de sus inicios: del libro de fotografía de su abuelo, del secundario de artes, la admiración por la compañerita de la escuela que usaba réflex analógica y del año en que no hizo una sola foto y pensó que no volvería a tomar la cámara de nuevo. Fue después de haberse ido a Colombia a trabajar como asistente del fotógrafo Joel-Peter Witkin que su mirada viró a otras construcciones y concluyó, entre muchas otras cosas, que “no tiene el mismo peso hacer fotos de los recitales que hacerlas en un cumpleaños a gente que querés”. Aunque no haya dejado del todo el mundo de la música, el trabajo actual de Lula se mece sobre un amor puro hacia sus amigos: el amor de los amantes, de los que ya no se quieren más, de los anónimos y los que ya se fueron. Lo emocional en su obra se volvió sagrado y forma parte del eje curatorial: “Yo no elijo una foto porque sea mejor que otra, la elijo por el amor que encuentro representado. Todo está siempre muy a flor de piel”.

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Como si se tratara de un álbum familiar, Lula se esmera en contener todo ese amor que encuentra dentro de recortes que se amontonan con el tiempo. Gran parte de sus retratos están cargados de una tristeza tremenda, y no es para menos, cuando ella misma habla del desgaste que se sufre cuando al intentar capturar lo que generan emocionalmente ciertas personas, también se renuncia a estar en total sincronía con ellas. Reconoce que es inevitable que algunas imágenes la hieran por encima de otras y encuentra prudente poner distancia hasta que estas dejen de surtir efecto: “El tiempo te da la posibilidad de que no siempre te duela tanto todo”. Dice no estar muy familiarizada con mostrar lo que hace, al menos no dentro del circuito de galerías o espacios que pueda llegar a sentir inorgánicos frente a su trabajo. Para ella la dinámica de las exhibiciones se parece mucho a la de los cumpleaños: “La pasás bien pero la podés pasar muy mal al mismo tiempo. Existe ese contacto inesperado con gente que viene a hablarte de tus fotos y te muestra cosas que no habías visto y termina por dolerte más”. Reafirma tal declaración más tarde al invitarme a una muestra colectiva que la incluye a ella y sus compañeras de Santa, con fecha de inauguración compartida con su cumpleaños.

Aunque con Lula Bauer muchas cosas quedan en el aire, no me queda duda de la intensidad con que vive el hecho fotográfico.  Dueña de una sensibilidad asombrosa y muchas ganas de transmitir a otros su forma de ver, juega recurrentemente con la idea de dejar de lado la cámara para dedicarse a otra cosa como ya muchos otros fotógrafos han hecho. Entre risas y con una pierna totalmente enredada con la otra, Lula confiesa «me gusta fantasear con que un día simplemente dejo de hacer fotos y me pongo a escribir ¿por qué no? Por ahí quiero hacer fotos toda mi vida y dejo de hacerlo público a cierta edad o me pisa un auto mañana e hice fotos hasta que me morí. Andá a saber. Me gusta poder tener control sobre la idea de que me pueda suceder no querer estar más detrás del visor, y eso está bien”.

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Lula Bauer (Autorretrato)

 

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