El Atelier de Constanza Hermosilla

El primer recuerdo que Constanza tiene de haberse emocionado con los patrones y las figuras geométricas es ese en el que su papá la lleva en los hombros mientras pasean a las afueras del edificio de aulas de la Universidad de Concepción (su ciudad natal en Chile), conocido como El Plato por evocar con su estructura la imagen fantástica que se tiene de los platillos voladores.

El efecto de esa experiencia sigue intacto y recorre parte de su obra, comenzando por pequeñas esculturas de cerámica que repiten patrones y parecen de papel a lo lejos. Su deseo es poder llevarlas a la calle en algún momento y generar en otros esa sensación de asombro que la marcó de niña. Sin embargo, no son los discursos tridimensionales los únicos que habitan el espacio de trabajo que ella misma recuperó al fondo de una casa abandonada: las ilustraciones, los lienzos y el amor por los detalles se mezclan develando la naturaleza curiosa de una Constanza que jamás pensó en dedicarse al arte y ahora no puede desvincularlo de ningún aspecto en su vida.

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«No es necesario separar la vida del arte» dice mientras acomoda su silla y me alcanza un puñado de nueces. Constanza dedica la mayor parte de su tiempo a ilustrar personajes robustos, pintar y experimentar con distintos soportes que le permitan expresarse como quiere. Le interesa la forma y su funcionamiento en el espacio, además de ser una gran observadora que disfruta identificar patrones, ritmo y espacios negativos en cualquier elemento de su cotidianidad. Si no está dando una de sus clases de ilustración, está viajando en bici o incrustada en el altillo donde desarrolla sus proyectos y se aparta del ruido incesante de la ciudad. Aunque no es muy grande, el espacio da para albergar un caballete, mesas de distintos tamaños, un pequeño almacén de pinturas y herramientas, plantas, objetos-tesoro y una silla extra para las visitas que no suele recibir mientras trabaja:

“Cuando me concentro estoy en medio de un momento muy íntimo y pasan cosas que me dejan melancólica. La gente, por muy buena onda que sea, quiebra ese instante en el que el proceso te supera… es por eso que prefiero hacerme un nido donde pueda ser yo, y no el reflejo de otras personas”.

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Es tranquila y a la vez muy apasionada, eso se nota en la emoción que adquiere su voz cuando narra parte de sus experiencias y se asoman ideas que le atraen. Algunas anécdotas sacan a flote su espíritu inquieto, como esa que relata lo mucho que hacer yoga la ayudó a comprender el movimiento de sus personajes en la medida que reconocía los límites de su propio cuerpo. Asegura que su mayor fuente de inspiración está en las formas que descubre en el cotidiano y encuentra perfectamente aplicables a distintos soportes: “Me mueve lo básico, lo elemental de lo que veo a diario y que traslado a mi propia composición. Presto mucha atención al trazo, las curvas y los espacios negativos. Son esas las cosas que me quitan el sueño y trato de poner el resultado por encima de si tengo que marcarlo con una etiqueta”.

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Sus inquietudes no se quedan únicamente en el proceso, también piensa en el público que recibe su trabajo y en el respeto que siente que merecen: “No estoy pensando en ningún momento que voy a cambiar sus vidas ni que estoy por transmitir un mensaje súper misterioso: lo que quiero es que disfruten, se diviertan, piensen un poco o no”. También agradece la interacción que se da en las galerías, aunque la relación que mantiene con lo urbano desde su infancia la inciten a conversar con el espacio público: “Me gustaría llevar mis figuras de cerámica a la calle porque tengo la necesidad de comunicarme con la ciudad en la que vivo y quebrar un poco la rutina de la gente a partir de la sorpresa.”

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La sorpresa es algo que también aparece al identificar lo que cambia en uno dentro de ciertos lugares y eso es algo que puedo afirmar después de haber visitado el taller de Constanza.  A pesar de ser muy joven y de no saber a dónde se dirige con tantas preguntas sin respuesta, hay algo que tiene bastante claro: “Para mi el arte es un acto de amor. Nadie me paga por estar aquí haciendo lo que hago ni tengo una planilla con horarios para medirlo. Lo resumo a eso: amor que cobra cuerpo para ser recibido.”