Andrés Barthel: “Instrucciones para construir un personaje”

(Esta entrevista debe comenzar a leerse escuchando “Julia” de Willie Colón)

Hasta este momento siempre había considerado el fenómeno del latinoamericano diaspórico, que deja su selva y su ciudad para hallarse en las calles frías y húmedas del viejo continente. Nunca había pensado que gran parte del tránsito trasatlántico está impulsado por un retorno a otro origen, a ese que dejaron nuestros otros antepasados, para venir a sembrar el amor en las tierras fértiles que guarda el Caribe.

A Andrés lo había visto en fotos; me imaginaba desde ya a una persona bastante hermética, y cuando llegué a la plaza donde habíamos quedado en vernos, volteé para ver que caminaba hacia mí un joven largo, delgado, perfectamente combinado; una fusión impecable entre Ziggy Stardust y Joe Strummer, pulcro y con audífonos que bloquean el ruido. No sonríe, no se sorprende, no se intimida. Marca la pauta y nos sentamos en el café de la esquina que había escogido para nuestro encuentro.

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Barthel es un apellido francés, de un pueblo de Alsacia (Mullhouse), inmigrantes que huyeron de la inestabilidad de posguerra francesa, tras ver un anuncio en los noticieros proyectados en el cine que vendía a Venezuela y a Colombia como la nueva tierra prometida. Ante la gran demanda que se aglomeraba en el consulado venezolano, optaron por viajar a Colombia a empezar de cero, a principios de los años 60. “Cogieron todos sus corotos y viajaron (creo que) tres meses, atravesaron el Río Magdalena y llegaron a Bogotá”. Su madre es italiana, Genovesa, que vivió algo parecido: tras una oferta de trabajo puntual que su padre había recibido en Colombia, emigraron.

Andrés cruza las piernas, sorbe lentamente su café y mira de reojo mi cajetilla de cigarrillos sobre la mesa. Sus manos son delgadas, limpias y delicadas, y enmarcan su discurso de una manera casi hipnótica. “Detesto tener las manos sucias, aún cuando me ensucio mucho. Mi plato fuerte siempre fue la plastilina, antes de tener legos o carritos, siempre tuve plastilina. Todo lo que me inventaba, desde personajes, ambientes, historias, juegos, eran a través de la plastilina y de los insectos en el jardín. Plastilina e insectos.” Su afición por el dibujo nació a través de los dibujos animados y esa necesidad perenne de reproducirlos, de dibujar lo que observaba. Poco a poco fueron surgiendo personajes propios, “llenaba y llenaba hojas como con cien personajes distintos”. De esta manera, en el colegio, conoció el teatro desde donde comenzó la creación de personajes descritos e interpretados por sí mismo, un romance que duraría toda su vida joven y que también le ayudaría a sustentarse económicamente.

Poco a poco la dureza en su rostro va cediendo; me confiesa que temía que nuestra conversación fuera más técnica, a sabiendas que su vida con y por el arte siempre ha estado muy distante de cualquier tecnicismo. Abandonó el óleo y los grandes formatos por la falta de espacio, empezando a indagar en la ilustración, sin haber tenido educación formal, pues su formación era en Bellas Artes. Quiso seguir los parámetros del artista plástico pero hacia la ilustración, sin tener en cuenta las rigurosidades del diseño como el balance y las medidas. Se define como un “ilustrador con un pasado de artista plástico. Más que manipular un producto estoy constantemente exponiendo mi corazón y las pesadillas que se forman en mi cabeza, traduciéndolo a través de varios personajes”.

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Andrés ha llevado la heroicidad del niño a un nivel extraordinario pues a medida que iba descubriendo nuevos terrenos se ubicaba bajo la sombra de algún personaje que admirara, y su “breakpoint” fue el descubrimiento de Ziggy Stardust, el alter ego de David Bowie a principios de los 70, una herramienta fundamental para sobrellevar la inocuidad de la adolescencia. “Yo me sentía medio raro y esquizoide, y de repente veo a este tipo con el pelo naranja como una zanahoria y me dije: este es el camino a seguir (baby!)”. La dificultad de este descubrimiento sería la irracionalidad del machismo colombiano (latinoamericano), que intentaría arremeter contra la estética de Bowie que el joven Barthel había adoptado. “Marica, cacorro” y gritos desde las ventanillas, tan sólo alimentaron la estructura del joven artista, que optaría por abrazar también el punk-rock desde su raíz en un intento de defensa personal. “Glamour-boy meets punkie-podrido”.

A estas alturas de nuestra conversación yo estoy fascinada, como estaría cualquiera de ustedes en mi lugar. Estas dos contraculturas ayudaron a un joven de 16 años a incorporarse a la escena universitaria con éxito, donde tradujo toda la realidad que aprehendía en la ilustración y en un lenguaje plástico personificado. Todo el imaginario del rock and roll, del new wave, empezaría a nutrir su obra. Al mismo tiempo descubre sus orígenes, reconoce su herencia de emigrante a través del cine, “vi que por mis venas corría la misma sangre que en el niño que camina en Los 400 Golpes de Truffaut, por ejemplo, o está conectada al Iggy Pop que deambula por los suburbios de Michigan, al situacionismo francés, etc”. Así se iba nutriendo de más pequeños personajes.

(Enciende un cigarrillo y me dice “soy súper fumador, es terrible pero me encanta”.)

Tras culminar sus estudios a través de una tesis sobre el desierto y el espacio vacío, desolador “casi etéreo a veces”, seguía creando personajes, alimentándolos con literatura, con cine, asegurando que todos hacemos lo mismo, todos nos nutrimos (o deberíamos nutrirnos) de la infinidad de información e historia que hay alrededor. Coincidimos en lo fundamental de Kerouac, de Moriarty, de Gingsberg y de la complejidad de Burroughs, “¿Recuerdas lo que dijo antes de morirse? ‘Lo único que importa es el amor’ y (sonido) estiró la pata el hombre”.

Cuando le han preguntado a Barthel “¿cuáles son tus influencias?” responde con la brillantez que desborda nuestra mesa: “Mis influencias han sido las mejores”. Pero cuando se encontró en la coyuntura de tener su grado de artista, evaluó sus opciones, optando por la actuación para ganarse la vida, trabajando en todo lo que podía con su “físico de ajedrecista” como se auto-adjetiva; siempre dibujaba, encariñándose cada vez más con la tinta china, hasta que le “picó la espinita” de llegar a Europa, a conocer la tierra de sus padres por primera vez, teniendo la firme convicción de que se sentiría mucho mejor del otro lado del océano, viajando por primera vez en el 2007, “montado en un caballo blanco” sin temor a abandonar sus amigos, sus rutinas y confiado en su aspecto y en sus habilidades, para encontrarse con todo lo contrario, pues al llegar ya deseaba volver, volver a su hogar y al amor que había dejado. Tras trabajar en la Toscana en un hotel, en el medio del bosque, donde la soledad hizo estragos y sufrió en carne propia el mal de Ulises, viajó a Barcelona donde tenía a su mejor amigo Julien (“The Flying Dutchman) y empezó a trabajar como camarero, retratando la vida del inmigrante en sus dibujos. Entre ires y venires, viajes y enfermedades, decidió finalmente regresar a Bogotá. Tras una ruptura amorosa, intenta dar clases en un Colegio y trabajar por su parte, dejando la ilustración y el dibujo de lado, experimentando como pinchadiscos gracias a su vasta cultura musical, en una escena donde conoció a su actual compañera, con quien regresaría definitivamente a Barcelona.

Su segunda oportunidad en Barcelona no fue tan sencilla. La vida de camarero y la crisis han hecho las cosas cuesta arriba, pero Andrés me garantiza que es feliz. Volvió a encontrarse con la ilustración gracias a amigos de amigos que expusieron una serie de sus dibujos, y desde entonces no ha parado. Actualmente es encargado de un restaurant peruano donde aprovecha sus descansos para realizar dibujos detrás de la barra que luego llega a su casa a entintar.

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Andrés titula sus obras con el idioma del Rock and Roll, “tiene ritmo, tiene beat, tiene swing, es el idioma más lindo que hay y hay palabras hermosas en inglés”. Su última serie se titula From under the floorboards y la pueden ver aquí:

http://cargocollective.com/andresbarthelagostino/Last-works

Siguiendo la tradición de uno de sus (nuestros) libros (y película) favoritos (High Fidelity, dirigida por Stephen Frears y protagonizada por John Cusack), la curiosidad me mata y le pido sus Top Five, pero él insiste en que en su caso sea Top six, porque “suena más delputas”:

 Discos para dibujar:

  1. Grandes Éxitos – The Cars
  2. Pink Moon – Nick Drake
  3. Grandes Éxitos – Leonard Cohen
  4. Machine Gun Etiquette – The Damned
  5. David Bowie – Station to Station (El mejor disco de la historia)
  6. Willie Colón – Solo (más específicamente la canción “Julia”)

 Libros fundamentales:

  1. Historia de mi infancia – Leon Tolstoi
  2. La Isla del Tesoro – Robert L. Stevenson
  3. 1984 – George Orwell
  4. El Libro de las Tierras Vírgenes – Rudyard Kipling
  5. Sin plumas – Woody Allen
  6. Adiós a Berlín – Christopher Isherwood

 Discos para hacer el amor:

  1. Young, Loud and Snotty – The Dead Boys
  2. The No Future Years – The Violators
  3. A.M.F. – The Heartbreakers
  4. Blank Generation – Richard Hell and The Voidoids
  5. Beautiful Girl – INXS (para cerrar, con una canción)
  6. Trans-Europe Express – Kraftwerk
  7. Ceremony – New Order (Bonus track)

 (Esta entrevista debe terminar de leerse escuchando “Station to Station de David Bowie).

La obra de Andrés Barthel está plagada de trazos punk, de ritmos violentos que encierran la sutileza y la ternura de un hombre melancólico que guarda dentro de sí la más dulce infancia. Cada pieza es una sinfonía que merece ser acompañada con los mejores discos y los mejores relatos. Aún cuando siempre he sido egoísta, hoy creo que todos deben conocer y disfrutar de Andrés tanto como he tenido el gusto de hacerlo yo.

En palabras del Thin White Duke: “it’s too late to be late again, it’s too late to be hateful. The European cannon is here”.

1 Comment

  1. ! Que bacano leer esto! Lo conosco, conosco su familia, la cual me tendió la mano y nunca nunca me juzgo, al contrario siempre me recibían con amor una sonrisa, una tasa de consome, la grabadora en la cocina y escuchar melodía Stereo. Las ciudades de plastilina llenas de polvo, los fabulosos e interminables personajes, me acuerdo de uno en especial ” Marquito” un guevetas futbolista que nos saco mil risas. La caricaturas de los calvos ” Huevo frito ” “chupito ” y su combo personajes revueltos de una ciudad cualquiera. Salir a jugar billar y comer pollo o la picadita con papita criolla, escuchar en la grabadora Cds cassetes Tu madre tiene bigote, quiero una novia pechugona, ayayay si si si tu… El vago eres tu y no el baba…Es el placer de tener tantas cosas bonitas, para después en las fotos parecer un artista, a si es la calle así somos nosotros kick out the jams. Quien es el chico mas guapo tu tu solo tu… haber haber a mover la colita, sopa de caracol, muevelo muevelo que sabroso, el show de Jimi, los auténticos reconchan boys, fruko y sus tesos, solo con mi pena. Deja ya de joder yo no me llamo Javier. Le ayudaba a pintar los liensos los cuales luego se transformaban en escenarios, figuras, únicas llenas de color, mostrando la verdadera esencia. Día tras día persiguiendo sueños, siendo artistas hasta llevarlo en el cuerpo, las palabras, la forma de ser, desde que me levanto hasta que me acuesto. Con plata sin plata, haciendo lo que nos gusta. Con apoyo y sin el. Un Gran Colega que se merece esto y mucho mas. Buen Camino. By L.C.D.

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