El tránsito, según Andrés Santamaría

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He decidido inaugurar mi espacio con la historia de una de mis personas favoritas en Barcelona, ciudad que me acogió hace ya tres años en sus húmedas calles, apestosas a meados y marihuana. Una persona que comparte conmigo muchos puntos de vista – como en el amor, en el desamor, en la doble vida del camarero de bar y en la pasión irremediable por la filosofía del arte – y que alegremente decidió colaborar conmigo por primera vez.

Estoy hablando de Andrés Santamaría. Un bogotano que escogió Barcelona por las mismas razones que tantos latinoamericanos la hemos escogido: es una ciudad multicultural donde podemos disfrazarnos fácilmente de locales al saber hacia donde sube La Rambla, y que tiene una oferta educativa económicamente asequible: “Tiene que ver con una dificultad mía de pertenecer, siento que mi viaje es hacia fuera, como que la única manera de pertenecer es mirando el mundo, alejándome para entender. Me acuerdo que la primera vez que hablé del Máster de Documental de Creación fue en el 2005, y desde entonces he tenido claro que quería salir de Colombia”. Andrés estudió cine en la escuela Black María en Bogotá, una escuela pequeña con apenas 10 años, que se enfoca en el cine independiente. Pero Andrés siempre estuvo enamorado de la fotografía, del registro constante de la realidad, haciendo cursos de foto fija y llegando por suerte al cine, y le echa la culpa totalmente al destino: “yo no era ese tipo de niño prodigio que desde que tenía 8 años amaba la fotografía y el cine y que se desarrolló temprano en el área, no, no, nada de eso”.

Fue la escuela la que lo formó dentro de la fotografía, en el camino de la dirección fotográfica para cine. Empezó a trabajar como técnico en una empresa grande, a través de quienes hizo contactos, una manera de sobrevivir que marcaría su vida en adelante. Lo que le enamoró del documental fue su convicción en el proceso creativo paso a paso: “Yo no creo en las ideas acabadas, entonces ¿Cómo coño lo haces? Pues a través del documental”. Se refiere a la ficción construida a partir de la realidad, apropiándose de códigos narrativos que se lo permitan.

Para mí charlar con Andrés es un constante debate filosófico casi sin querer; hablar del reflejo del director, de la variabilidad del tiempo, de la reflexividad autoral y de tantas otras cosas parece un debate constante con Deleuze, con McDougall, con Sontag. Lo mejor del caso es que no es cierto. Andrés es un filósofo de la imagen absolutamente empírico, que es consciente de las múltiples realidades que se aglomeran alrededor de la vida de un joven latinoamericano enamorado del Barrio del Raval en Barcelona, donde se gana la vida sirviendo copas, pero la vida se lo gana a él permitiéndole conocer muchas personas diariamente, entre quienes se encuentran los que hoy en día le apoyan en su quehacer artístico.

DORMIDO

“Lo más bonito que he aprendido de Barcelona fue a perder el miedo, ponemos la cámara aquí y ya algo saldrá, ¿El ‘qué-dirán’? ¡Me la suda!” Así es como enfoca no sólo su trabajo como director documental sino también su vida en general. Habiendo colaborado con la producción de varios cortometrajes, ahora se dedica a registrar su vida a través de la fotografía. “He tenido momentos chungos de comer arroz, pasta y atún, pero le he perdido el miedo a cosas muy concretas de este sistema en el que vivimos, las reales y las ficticias”, me dice mientras sorbe su café, “¿El trabajo? Es real, necesitas pasta, ¿Cómo me verán los demás? Eso es algo muy cerrado que uno aprende allá (Latinoamérica) moviéndote siempre en círculos de la familia, del trabajo, del colegio, pasando toda tu vida en círculos diminutos que te hacen sentir seguro, en una arquitectura de conjuntos residenciales cerrados, donde haces todos tus vínculos para no salir ni correr riesgos”.

La diáspora latinoamericana ha tenido, a lo largo de los años, un tilde político innegable. Pareciera que buscamos inconscientemente aquellos rasgos humanos que nos hacen sentir extrañamente en casa pero que buscan excluirnos de nuestra realidad originaria en búsqueda de nuevos planteamientos. En las palabras del propio Andrés: “en Colombia el tema de la violencia es un tipo de construcción no sólo mental sino físico, de los que yo siempre quise salir. No tengo ni un amigo de la infancia, y siempre quise ver más allá, pero el precio de ese desapego es la soledad”.

Actualmente Andrés exhibe sus piezas de fotografía estenopeica – método tradicional que aprendió trabajando en talleres abiertos con un amigo en Cagliari – en Jale.0 Punto Cero (Ferlandina 27 del Raval), donde también lleva a cabo una proyección semanal de documentales razonados que denominó Punto Pantalla y que dirige con la más amplia de sus sonrisas. Para todos los detalles de sus trabajos hechos, en curso y por hacer, háganse un favor y sigan de cerca su web recién salida del horno:  www.proyectobisonte.com

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